Hasta hace poco tiempo comprendí que existen diversos nacimientos en nuestra vida. Lo anterior me ha quedado aun más claro el día de hoy, cuando he podido asistir al bautizo de la hija de un primo. La misa se celebró en una pequeña capilla, dedicada al protomártir mexicano San Felipe de Jesús; y no puedo dejar de mencionar que me siento muy ligado a dicho templo, ya que durante mucho tiempo fue para mí un refugio en momentos difíciles que viví en mi época de estudiante universitario. Dicha iglesia queda a uno 10 minutos caminando de la facultad de Historia. Recuerdo que cuando tenía la oportunidad de ir durante al receso entre clases, me sentaba afuera del templo y buscaba un respiro, un alivio, un apoyo espiritual para esos difíciles tiempos emocionales que durante los últimos años de licenciatura experimenté.
El regresar a dicha iglesia, y en especial como dije al principio, debido al bautismo del que fui testigo, me hizo pensar en como dentro de nuestra vida espiritual estamos siempre llamados a estar renaciendo. Pero muchos pueden preguntarse: ¿renacer a qué o por qué?
En primero lugar el bautismo es un sacramento vital para entrar en comunicación con Dios. Es el sello que te une a la heredad de los hijos de Dios. Ya desde el antiguo Israel se había impuesto a la circuncisión como el símbolo de pertenencia a pueblo de Moisés y los profetas. Cristo hace lo mismo. Renueva el antiguo símbolo por uno nuevo: el bautismo. Es por medio de este sacramento en que se nos borra el pecado original que hemos adquirido por la culpa de nuestros primeros padres, y que nos aleja de la gracia de Dios; pero es a través de sacramento bautismal en que recobramos la gracia perdida y nos incorporamos al nuevo pueblo de Dios: la Iglesia.
Ahora bien, este nacimiento espiritual puede ser despreciado por el hombre en el momento en que durante su vida va dando entrada al pecado. El pecado no es otra cosa que perder la gracia divina y apartarse de Dios. Esto pasa muchas veces en nuestro peregrinaje terrenal. Cada vez que hacemos un mal, y no me refiero sólo a matar, robar, cometer adulterio, etc. No, me dirijo también a esas cosas que tal vez parezcan intranscendentes, que no se convierten en temas de escándalo social, pero que también nos alejan del Sumo Bien. Desde mentir, pensar mal de alguien, desear cosas impuras, dar paso al enojo y la ira, o incluso pequeños actos de soberbia y orgullo desenfrenado. Todo lo anterior creo que en ciertos momentos hemos dejado que nos gobiernen, pero aun así Dios mismo nos da siempre la oportunidad de arrepentirnos y, mejor aun, acercarnos de nuevo a El. Es ahí cuando renacemos, y nuestra vida se ve igual de limpia como aquel día en que fuimos bautizados.
Veamos el rostro de los bebes. Son puros. Sus miradas pueden traspasar lo más profundo de nuestra alma debido a esa pureza que radica en ellos. Creo que de esa misma manera Dios nos ve a nosotros, con ojos llenos de amor que esperan de nosotros una mirada también de inocencia. Así, si nuestro espíritu está en gracia, nosotros buscaremos aquellas cosas que ennoblezcan nuestra vida; pero si damos paso aquello que corroe el alma, entonces nuestros actos serán impíos, y estaremos muy alejados de ser como los niños.
Cada renacimiento en nuestra vida implicara la capacidad de sabernos hombres débiles, que pueden fallar y hacer cosas indebidas, pero si dejamos paso a la humildad, veremos como la vida cobra un nuevo sentido, mejor y más espiritual.
Para finalizar sólo quiero comentar que hace unos días durante una misa, un sacerdote dejó como “tarea” que cada quien investigara el día de su bautismo. Pedí a mi mamá que me diera la fecha y la respuesta fue increíble: 8 de septiembre. Ya desde hace mucho tiempo tal día tiene un significado especial para mí, y ahora mucho más, puesto que ese día fui tomado por Dios para ser su hijo, y yo le doy gracias a mi Padre Celestial por tan hermosa e infinita dádiva.
No hay comentarios:
Publicar un comentario