I
Recuerdo
que cuando era niño, y aun algo entrado ya en años de adolescente y mayor de
edad, siempre me era muy perceptible la llegada de la Navidad. Me viene a la
memoria las calles abarrotadas de diversos adornos, los cuales si bien no
siempre eran bellos, transmitían la idea de una época de felicidad, donde todo
olía a tamales, atole, chocolates y otros placeres culinarios. Aún más allá de
la gastronomía típica, lo que más me gustaba era el ver a la ciudad, entre sus
casas particulares, negocios y edificios civiles, llena de luces por las
noches, lo que creaba para mi gusto un ambiente de hermosura: ahora esto en
gran parte ha desaparecido. Pero hay personas pueden creer que lo que digo es
demasiado absurdo o trágico; dirán que los adornos ahí están, colgado y
brillando; o que la pista de patinar que ha sido colocada en la plaza principal
nos habla del gran espíritu navideño que se vive y respira en la ciudad. Pero
para mí, no lo es.
Este
año, en primer lugar no sentí que se diera un periodo prenavideño; no viví lo
que en un calendario litúrgico se denomina como Adviento. El día 24 llegó tan
rápido que no pude notar su arribo. Y esto me causa un poco de disgusto. La
verdad siento que años antes me
preparaba interiormente para vivir el acontecimiento central de la navidad de
manera más profunda: el nacimiento de Cristo.
II
Cuántos
festejan la Navidad como un gran acontecimiento social, donde los regalos, las
excelentes cenas, los viajes, los aguinaldos, las posadas, los grandes centros
comerciales con fabulosos descuentos y las reuniones de sociales de toda índole
están al orden del día. Muchos sin duda; y no digo que esté mal todo lo
anterior en su justa medida.
Pero cuántos nos ponemos a
pensar, y más aun a meditar, que este día significa la llegada del Amor a
nuestro mundo. Que Aquel que nos formó y nos dio la vida, decidió despojarse de
sus vestiduras divinas, para tomar los andrajosos ropajes de nuestra naturaleza
humana. Y que este nacimiento abrió el paso para llegar a nuestra redención (es
decir, a la paga de la deuda que habíamos adquirido por la desobediencia de
nuestros primeros padres) en el monte Calvario, en donde las culpas de los
hombres de antaño y del futuro fueron clavas y nuestra naturaleza rescatada.
Ojalá fuéramos como los pastores
a quienes les fue anunciado la llegada del Mesías cuando realizaban sus labores
de pastoreo con el angélico himno que canta: “Gloria a Dios en el cielo, y en
la tierra paz a los hombres de buena voluntad”. O como los reyes que viendo a
través de los cielos observaron la dicha del universo por el nacimiento de su
Creador. Y por qué no, ser como Juan El Bautista, quien dentro del seno de su
madre, se regocijo al escuchar las palabras de la Madre de Nuestro Señor porque
había aceptado ser la puerta que daría vida al Salvador del Mundo incluso antes
que los pastores y los reyes magos.
III
Otro
aspecto que me llama la atención es el increíble interés que los “no creyentes”
le dan a la Navidad, dedicando gran parte de su tiempo a ridiculizar dicho
suceso en las redes sociales. Creo que estas personas lo hacen no por maldad,
sino como una muestra de esa urgente Navidad que necesitan se dé en sus
corazones. Sólo el hombre desolado se enoja o molesta por la alegría que viven
los demás. El hombre que vive en inconformidad o soledad, no desea ser parte de
aquello que congrega y une. Todos deseamos una Navidad, es decir, el nacimiento
del Amor, la Luz, la Vida y la Verdad en nuestras existencias; pero son pocos
los que al igual que los pastores tiene la suficiente humildad para inclinarse
ante la estrecha gruta que, como en Belén, cobija al Bien, a Dios mismo.
Que esta Navidad, sea como sea la
hayamos vivido, nos sirva para enderezar los corazones, romper los malos
hábitos, corregir los defectos y crecer en las virtudes; teniendo para lo
anterior como modelo a aquellos pocos que vivieron la primera Navidad: los
pastores con su inocencia y los reyes magos con su sabiduría que los hacía
buscar la Verdad; como José, el hombre justo, que sin entender los designios de
Dios puso toda su fe y voluntad en cumplir el plan que le tenía destinado; como
Juan El Bautista, quien fue nombrado como “el mayor entre nacidos de una mujer”;
como María, la llena de gracia, que siendo la más humilde sierva del Señor, fue
enaltecida por los méritos de su Hijo.
Sin duda este año que está por
terminar ha sido una lluvia de bendiciones por parte de Dios. En primer lugar
tengo a mis papás, mis hermanas, mi sobrina y mi hermosa novia a mi lado. El
trabajo también ha estado presente como una dádiva en estos años en que el
desempleo inunda nuestras sociedades. Y a pesar de haber sufrido una fractura -la
cual me llevó a tener una deuda económica, bueno, aun la tengo, casi finiquita-,
me sentí bendecido en esos días donde el dolor físico fue muy fuerte y molesto;
por primera vez en mi vida he visto como Dios nos habla a través de las
molestias de salud para aconsejarnos y tomarnos de la mano.
Espero
que el próximo año pueda vivir una Navidad más cristiana, y menos centrada en
otros aspectos de la vida que parecen importantes, pero que en realidad no son
esenciales. Esto mismo se lo deseo a cada uno de mis seres queridos y, en
realidad, a toda la humanidad.