viernes, 28 de diciembre de 2012

NAVIDAD, NAVIDAD.


I
Recuerdo que cuando era niño, y aun algo entrado ya en años de adolescente y mayor de edad, siempre me era muy perceptible la llegada de la Navidad. Me viene a la memoria las calles abarrotadas de diversos adornos, los cuales si bien no siempre eran bellos, transmitían la idea de una época de felicidad, donde todo olía a tamales, atole, chocolates y otros placeres culinarios. Aún más allá de la gastronomía típica, lo que más me gustaba era el ver a la ciudad, entre sus casas particulares, negocios y edificios civiles, llena de luces por las noches, lo que creaba para mi gusto un ambiente de hermosura: ahora esto en gran parte ha desaparecido. Pero hay personas pueden creer que lo que digo es demasiado absurdo o trágico; dirán que los adornos ahí están, colgado y brillando; o que la pista de patinar que ha sido colocada en la plaza principal nos habla del gran espíritu navideño que se vive y respira en la ciudad. Pero para mí, no lo es.
Este año, en primer lugar no sentí que se diera un periodo prenavideño; no viví lo que en un calendario litúrgico se denomina como Adviento. El día 24 llegó tan rápido que no pude notar su arribo. Y esto me causa un poco de disgusto. La verdad siento que  años antes me preparaba interiormente para vivir el acontecimiento central de la navidad de manera más profunda: el nacimiento de Cristo.
II
Cuántos festejan la Navidad como un gran acontecimiento social, donde los regalos, las excelentes cenas, los viajes, los aguinaldos, las posadas, los grandes centros comerciales con fabulosos descuentos y las reuniones de sociales de toda índole están al orden del día. Muchos sin duda; y no digo que esté mal todo lo anterior en su justa medida.
Pero cuántos nos ponemos a pensar, y más aun a meditar, que este día significa la llegada del Amor a nuestro mundo. Que Aquel que nos formó y nos dio la vida, decidió despojarse de sus vestiduras divinas, para tomar los andrajosos ropajes de nuestra naturaleza humana. Y que este nacimiento abrió el paso para llegar a nuestra redención (es decir, a la paga de la deuda que habíamos adquirido por la desobediencia de nuestros primeros padres) en el monte Calvario, en donde las culpas de los hombres de antaño y del futuro fueron clavas y nuestra naturaleza rescatada.
Ojalá fuéramos como los pastores a quienes les fue anunciado la llegada del Mesías cuando realizaban sus labores de pastoreo con el angélico himno que canta: “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”. O como los reyes que viendo a través de los cielos observaron la dicha del universo por el nacimiento de su Creador. Y por qué no, ser como Juan El Bautista, quien dentro del seno de su madre, se regocijo al escuchar las palabras de la Madre de Nuestro Señor porque había aceptado ser la puerta que daría vida al Salvador del Mundo incluso antes que los pastores y los reyes magos.
III
Otro aspecto que me llama la atención es el increíble interés que los “no creyentes” le dan a la Navidad, dedicando gran parte de su tiempo a ridiculizar dicho suceso en las redes sociales. Creo que estas personas lo hacen no por maldad, sino como una muestra de esa urgente Navidad que necesitan se dé en sus corazones. Sólo el hombre desolado se enoja o molesta por la alegría que viven los demás. El hombre que vive en inconformidad o soledad, no desea ser parte de aquello que congrega y une. Todos deseamos una Navidad, es decir, el nacimiento del Amor, la Luz, la Vida y la Verdad en nuestras existencias; pero son pocos los que al igual que los pastores tiene la suficiente humildad para inclinarse ante la estrecha gruta que, como en Belén, cobija al Bien, a Dios mismo.
Que esta Navidad, sea como sea la hayamos vivido, nos sirva para enderezar los corazones, romper los malos hábitos, corregir los defectos y crecer en las virtudes; teniendo para lo anterior como modelo a aquellos pocos que vivieron la primera Navidad: los pastores con su inocencia y los reyes magos con su sabiduría que los hacía buscar la Verdad; como José, el hombre justo, que sin entender los designios de Dios puso toda su fe y voluntad en cumplir el plan que le tenía destinado; como Juan El Bautista, quien fue nombrado como “el mayor entre nacidos de una mujer”; como María, la llena de gracia, que siendo la más humilde sierva del Señor, fue enaltecida por los méritos de su Hijo.
Sin duda este año que está por terminar ha sido una lluvia de bendiciones por parte de Dios. En primer lugar tengo a mis papás, mis hermanas, mi sobrina y mi hermosa novia a mi lado. El trabajo también ha estado presente como una dádiva en estos años en que el desempleo inunda nuestras sociedades. Y a pesar de haber sufrido una fractura -la cual me llevó a tener una deuda económica, bueno, aun la tengo, casi finiquita-, me sentí bendecido en esos días donde el dolor físico fue muy fuerte y molesto; por primera vez en mi vida he visto como Dios nos habla a través de las molestias de salud para aconsejarnos y tomarnos de la mano.
        Espero que el próximo año pueda vivir una Navidad más cristiana, y menos centrada en otros aspectos de la vida que parecen importantes, pero que en realidad no son esenciales. Esto mismo se lo deseo a cada uno de mis seres queridos y, en realidad, a toda la humanidad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario