Un par de semanas atrás vi una
imagen que me dejó pensando mucho: era un policía el cual hablaba por teléfono
público a su madre, a quien le decía que por fin había entrado a la universidad
con gran orgullo, teniendo como paisaje a otro uniformado persiguiendo a un
estudiante que protestaba.
Esta imagen nace como una crítica
al sistema, el cual tiene en la policía su instrumento para aplacar las
diversas manifestaciones que los universitarios (no todos realmente lo son)
hacen en contra de la “imposición” de un presidente mediático como lo es
Enrique Peña Nieto.
En realidad creo que muchos
entran a esta corporación (en sus diversas agrupaciones: municipal, estatal y
federal) como una salida a su vida de desempleados; esa vida que el mismo
sistema genera y sustenta. Muchos uniformados tal vez no tuvieron la
oportunidad para estudiar, ni siquiera en diversos casos la escolaridad de
bachillerato.
Al caricaturista sin duda le
faltó educación y preparación para entender la situación de muchos hombres y
mujeres que laboran en el orden público; porque estoy seguro de algo: hay
muchos policías buenos y que desean hacer su trabajo de manera limpia y
consciente.
Me pongo a pensar en aquellos que
critican a la policía, olvidan también que al entrar a dicho cuerpo, dejas
atrás tu propia voluntad para acatar lo que te digan tus superiores: es tu
trabajo. No es que el gendarme desee utilizar su macana o las balas de goma en
contra de los jóvenes inconformes porque quiera hacerlo por gusto. Pero si
estos últimos utilizan el pretexto de querer manifestar su desagrado en contra
del nuevo presidente para poder realizar actos de vandalismo, llego a
preguntarme también: ¿por qué el policía no tiene el derecho de aplicar la
fuerza para restablecer el orden público? ¿O es que nos olvidamos de los que
sufrieron en sus comercios los desmanes de los iracundos manifestantes?
No negaré que existan también
abusos de autoridad por parte de los cuerpos policíacos y que es algo en lo
cual nunca se debería caer. Y esto último es igual de lamentable como lo son
las marchas que provocan destrozos en el patrimonio público o los comercios,
porque de estos mucha gente da de comer a sus familias.
Es un acto de cobardía el
participar en las marchas que generan caos; cubriéndote el rostro y gritando
que estás a favor de la anarquía, pero con ropa de marca: hollister, nike,
adidas, polo, etc. ¡Vaya anarquistas tan capitalizados y valientes!
Estoy a favor de manifestar la
inconformidad, ya sea colectiva o individual; pero estoy también en contra de
juzgar el nivel educativo de aquellos que no tuvieron la oportunidad de tenerlo
como lo soñaron o desearon. De igual manera no comparto la idea de atacar
comercios como manera de hacerme “escuchar”. El mejor ejemplo para levantar la
voz es realizar las cosas con rectitud y entereza.

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