lunes, 16 de mayo de 2011

"Siervo bueno y fiel"

Hablar en estos tiempos de la santidad es de pronto chocante. La mayoría de la gente cree que la santidad es algo imposible para nuestra época, y que tal virtud nunca ha sido accesible para los hombres; por lo tanto los santos tienden a ser catalogados como seres fantásticos creados por la Iglesia, son mitos y leyendas, y no ejemplos de vida. O sí existen personas que realmente aceptan la existencia de la santidad, pero no es algo que se desee alcanzar, ya que es difícil y el camino es arduo, lleno de sacrificios. El sacrificio es por lo tanto mal entendido; se nos olvida que no es lo mismo sufrimiento y sacrificio; esté último es la aceptación del dolor pero ennoblecido por el amor a Dios y al prójimo.

Alguien quien enseñó de manera cabal el valor del sacrificio, siguiendo de manera coherente los mandamientos y enseñanzas de su Señor, fue el Papa Juan Pablo II. Un hombre, que como cualquier ser humano, poseía defectos, pero su vida estuvo marcada por la exaltación de las virtudes cristianas, y el deseo de llevar el Evangelio a todos los rincones del planeta. No es necesario que lo tuviera que conocer en persona para darme cuenta de que su vida era fiel, o que al menos se esforzaba por llevar a cabo lo necesario para vivir en santidad. Quien no haya leído sus libros, homilías, exhortaciones, ha perdido la oportunidad de enriquecerse de manera sobreabundante de los pensamientos filosóficos y teológicos de un hombre que ama a Dios con todo su corazón, y a partir de de ahí amaba a la Virgen María, a la Iglesia, a los jóvenes, los esposos, los niños, a todos sus prójimos y a la creación entera.

Recuerdo el día en que murió el Papa. Era de tarde y el cielo, así como yo, se encontraba triste. Sí, el Vicario de Cristo, uno que marcó una diferencia tremenda dentro de la historia de la Iglesia y de la humanidad del siglo XXI, había entregado su espíritu al Señor de manera serena en medio de un terrible dolor físico. Era la última gran prueba que Dios le había puesto a su siervo, por que realmente eso es lo que es ser Papa: ser siervo entre los siervos de Cristo; el primero en ponerse entre los discípulos del Señor la toalla en la cintura y servir a los demás, como Jesús lo hizo el jueves santo. Muchos afirman que el Papa vive como un rey, entre la opulencia de los palacios apostólicos. Tal vez sí han existido Papas que no fueron ejemplo del buen vivir cristiano, pero como dice el dicho “De todo hay en la viña del Señor”, pero aun así en esos casos de escándalo para muchos, se ve que Dios no abandona a su pueblo a pesar de la debilidades que tenemos como humanos; este Obispo de Roma nos demostró que tal vez no hay hombre más abandonado en la tierra por los hombres que el Vicario de Cristo; que al igual que su Señor, no posee nada materialmente, puesto que todo lo que él vestía y donde vivía no son cosas de su propiedad. Desde muy pequeño se vio abandonado de su familia; vivió bajo el terror del régimen nazi, perdiendo tambien a muchos de sus amigos; estudió clandestinamente y luchó contra todo aquello que pudiera poner en riesgo la fe cristiana.

JP II vino a darle una imagen diferente al papado, lo acercó más a la gente. Hizo sentir que Cristo no se olvidará de sus promesas de guiarnos siempre bajo el testimonio de la verdad evangélica a través del tiempo.

Enfatizo un punto: la veneración a los santos no puede ser tomada a la ligera. Mucha gente también cae en errores sobre esta parte importante de nuestra vida cristiana. Me ha tocado ver como gente cree que los santos hacen milagros. Gran error. Los santos no hacen milagros, ellos no poseen el poder para realizarlos. Lo que se pide a un santo es que por la gracia de estar en la presencia de Dios, interceda ante la Misericordia Divina para obtener un favor.

Durante la trasmisión de la misa de beatificación de JP II, me dí cuenta que varios presentadores de televisión hacían referencia a los milagros del Papa polaco. Es entonces la falta de conocimiento lo que produce que mucha gente confunda el rol que tienen la intercesión de los santos, haciéndolos ver para mucha gente como poseedores del poder de Dios. Hay que tener cuidado, por este tipo de hechos la gente puede caer en malos entendidos muy graves.

Recordemos algo muy sencillo, y citando a José María Escrivá de Balaguer: La conversión es cuestión de un día, la santificación de toda la vida.

Como punto final he de decir que aun y con sus fallas como humano, estoy seguro que JP II al presentarse ante Cristo le fue dicho: “Bien hecho, siervo bueno y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré, entra en el gozo de tu Señor.

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